Supervillanos…o casi

Moriarty

En “El problema final”, de Arthur Conan Doyle, Sherlock Holmes dice lo siguiente a James Watson:

Es el Napoleón del crimen, Watson. Es el organizador de la mitad de lo malo y de casi todo lo que pasa desapercibido en esta gran ciudad. Es un genio, un filósofo, un pensador abstracto. Tiene una mente de primera categoría.

Cualquier aficionado a las historias de Sherlock habrá reconocido inmediatamente en esta descripción a su archienemigo, el profesor James Moriarty. La idea del genio malvado es un clásico en muchas historias, de la literatura clásica a los dibujos animados. Pero, pensemos un momento, para las personas en general, sin necesariamente la ambición de dominar el mundo, ¿existe una conexión entre la creatividad, el genio, y, digámoslo suavemente, la falta de honradez? En los últimos años se han venido publicando estudios que apuntan a que esto es así; un trabajo reciente de Francesca Gino (Harvard) y Scott Wiltermuth (Universidad del Sur de California) que aparece en Psychological Science viene a confirmar que hacer trampas incrementa la creatividad.

Los autores comprobaron la honradez de 153 voluntarios con una tarea que implicaba sumar números para conseguir un premio en metálico y que se les presentó de tal manera que parecía que era fácil hacer trampas sin que te pillasen; pero sólo lo parecía, los investigadores sabían perfectamente quién y cuándo hacía trampas. Esta tarea se realizó después de una prueba de creatividad que consistía en pegar una vela a una pared de cartón usando una caja de chinchetas (si al osado lector no se le ocurre una solución, abajo tiene la “oficial”) y antes de otra prueba de creatividad más estándar consistente en un juego de asociación de palabras.

De esta primera tanda de pruebas parecía emerger un resultado: la gente creativa no sólo hace más trampas, sino que el hacer trampas fomenta la creatividad, ya que los que hicieron trampas obtuvieron mejores resultados en el test de asociación de palabras de lo que preveía el test de la vela.

Una segunda tanda de experimentos vino a confirmar este hallazgo. Resumiendo mucho, en estas pruebas unos sujetos tenían muchas oportunidades de hacer trampas y otros muy pocas. El factor que mejor predecía la creatividad era cuántas trampas se habían hecho y no la tendencia a hacerlas.

Un tercer experimento comprobó la hipótesis de que esto es así porque tanto la creatividad como la falta de honradez requieren, digamos, una actitud flexible ante las normas. En este experimento final se les preguntó a los sujetos sobre su actitud ante las señales de prohibición y obligación en general (prohibido pisar la hierba, no alimentar a los animales, prohibido jugar a la pelota, sentido obligatorio, dirección prohibida, etc.) después de haber participado en un juego en el que se tiraban monedas y en el que, aparentemente de nuevo, era fácil hacer trampas. Los que hicieron trampas mostraron menor tendencia a seguir las normas.

Ni que decir tiene que estos actos de desobediencia están muy lejos de montar tu guarida en el cráter de un volcán y amenazar desde allí al gobierno de los Estados Unidos à la Hank Scorpio, ni siquiera se acercan a un acto delictivo, grave al menos, en la vida real. Pero existe una conexión. Una conexión que Arthur Conan Doyle supo ver.

Referencia:

Gino, F., and S. Wiltermuth. (2014) “Evil Genius? How Dishonesty Can Lead to Greater Creativity.” Psychological Science (in press).

* El truco es usar las chinchetas para fijar la caja a la pared de tal forma que sirva de peana para la vela.


2 Comentarios

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¡Vaya! A mí se me había ocurrido otra solución para sujetar la vela:

Clavar unas chinchetas a la pared pegadas unas a otras y, con sus cabezas, pillar las cabezas de otras chinchetas colocadas al revés, con la punta hacia afuera. Después, clavar la vela a las puntas de estas segundas chinchetas.

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