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No hace mucho que empezó su andadura Quora en español. Yo ya era usuario de la verión en inglés y me he encontrado a mi mismo siendo activo en la versión española. Aquí podéis ver las últimas preguntas que he contestado y estaré encantado de recibir las vuestras e intentar contastarlas, si puedo.

Algunas de las respuestas que he redactado creo que podrían tener un interés más general, como la de la pregunta que sirve de título. En Quora la encontráis aquí, y la reproduzco a continuación. Por cierto, el MC-14 al que hago referencia es el método científico en 14 etapas.

PREGUNTA:

La editorial Next Door Publishers acaba de publicar “Disecciones. 10 relatos sobre la enfermedad”. Es una colección de relatos de diez autores diferentes relacionados con el mundo de la divulgación científica de una manera u otra:

José Ramón Alonso | Fátima Casaseca | Juan Gracia Armendáriz | Marta Macho-Stadler | Xurxo Mariño | Javier Peláez Pérez | Angélica Pérez | Natalia Ruiz Zelmanovitch | Miguel Santander | César Tomé López

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El libro como objeto es una maravilla, como todas las cosas que hace esta editorial, y se me antoja un magnífico regalo por un precio que no llega a los 14 €. Los relatos están todos muy bien (reconozco que unos me gustan más que otros, pero es lo que cabía esperar) y a más de uno le harán pensar. Como aperitivo, aquí puedes descargarte el prólogo que ha escrito José Antonio Pérez Ledo, quizás más conocido como @mimesacojea. Y, por si sientes más curiosidad, aquí lo puedes comprar.

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No son los mismo que no son iguales.

Con todo el revuelo de ayer a cuenta de las ondas gravitacionales proliferan artículos de todo color y condición al respecto en todos los idiomas. También en español. En este caso algunos “puristas” emplean el término onda gravitatoria, pero siendo “correcto” no es un término en principio afortunado. Intentemos ver por qué.

En la revista AstronomíA, la Comisión de Terminología de la Sociedad Española de Astronomía argumenta lo siguiente:

La lengua es caprichosa y sus regularidades, imperfectas. Multitud de sustantivos que designan acciones y efectos terminan en «-ción», como migración, erupción, tradición o revolución. La etimología y el azar han conducido a cuatro caminos para construir los adjetivos relacionados con esas acciones y efectos: la terminación en «-torio» (migratorio), terminación en «-ivo» (eruptivo), terminación en «-al» (tradicional), u otras (carencia de adjetivo, soluciones diferentes, etc., como ejemplo: revolucionario). Aunque pueden buscarse patrones tras estos caminos distintos, también abundan las irregularidades. En la práctica, en cada caso es el uso el que determina la opción adoptada. Entre las palabras de origen verbal predominan las terminaciones en «-ivo» (creación creativo) pero en general, y con mucha diferencia, el castellano tiende a preferir la terminación en «-al» (emocional, fraccional, condicional, fundacional… los ejemplos serían interminables). De ahí que cuando se ignora la forma normativa de un adjetivo relacionado con un sustantivo que termina en «-ción», como por ejemplo gravitación, el espíritu del uso favorezca, quizá, a la forma *gravitacional. Sobre todo si la palabra equivalente inglesa es gravitational. Pero no; tenemos aquí un ejemplo en el que la forma tradicional y correcta, sancionada por el uso y la norma, es gravitatorio-a. Por tanto debe hablarse de efectos gravitatorios, lentes gravitatorias, etc.

Y, por tanto, deberían ser ondas gravitatorias. Pero este argumento hace aguas en el mundo real.

Con motivo de la celebración hoy del “Día de la mujer en ciencia” (#WomeninSTEM en Twitter y otras redes etiquetables) recupero un texto que escribí sobre una mujer admirable: no solo era inteligente y excelente en lo suyo; también fue una pionera y tremendamente lista, aprovechando los prejuicios de su época para sus objetivos, que no eran otros que los de las mujeres en ciencia en general.

Señoras, señores, con ustedes la sin par Ellen Richards.

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Con motivo del 150 aniversario del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) el diario The Boston Globe confeccionó en 2011 una lista con los 150 contribuciones técnicas más importantes que habían sido desarrolladas en el MIT o por alumnos del MIT. El listado era también una forma de homenajear a esas 150 personas, entre las que estaban por ejemplo Tim Berners-Lee, el inventor de la World Wide Web, en el número 1, o Ivan Getting, el inventor del GPS, en el 10, o los veintitantos premios Nobel asociados a la institución. Aquí tienes una vista simplificada de los 30 primeros. Sólo hay dos mujeres, en las posiciones 7, Helen Greiner, cofundadora de iRobot, y en la 8 nuestra protagonista, Ellen Swallow Richards, “experta en nutrición, primera mujer admitida en el MIT”. Nunca una descripción, siendo cierta, fue tan injusta con una persona. Esta es su historia.

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Puede que esté profundamente equivocado. Ojalá. Pero no puedo deshacerme de la sensación, y es solo eso una sensación, no tengo datos, de que el lado oscuro está ganando esta guerra. Sí, la ciencia gana algunas batallas, importantes para la humanidad en ciertos casos, pero la anticiencia lo invade todo.

La divulgación científica puede parecernos que goza de buena salud, pero eso es solo si nos movemos en ese círculo. Las terapias milagro, las creencias pseudorreligiosas y religiosas sin elaborar, la magia en general y, sobre todo, la fabulosa disonancia cognitiva que nos hace apreciar la tecnología pero despreciar la ciencia que está tras ella, son las dueñas de Internet en cualquier estadística que se precie. Internet ha roto los muros de contención y ya cualquiera puede creer la última tontería que ha visto en un vídeo sin necesidad de que nadie le recuerde que debe ejercer un mínimo de crítica.

Bueno, la anarquía tiene cosas buenas y malas, podría decirse. Pero el problema es que esa falta de criterio inunda las instituciones, incluidas las universidades. Todo ello en aras de un relativismo que relega al conocimiento científico a una opinión. Y no olvidemos una gran enseñanza de la historia: el progreso es frágil y nada nos libra de involucionar. Los que piensan que todo va a mejor siempre son optimistas patológicos, que desconocen que las mejoras hay que pelearlas.

[T]he principle of sufficient reason, namely, that nothing happens without a reason.

(Leibniz-Clark Correspondence, L 2, AG 321)

Los Porqués

Hace unos días D. García Bello publicaba “Las pretensiones de la ciencia” donde argumentaba, con mayor o menor fortuna (su recurso al método científico, que no existe como sabemos, o a un falsacionismo naíf ya superado, son las principales debilidades), tal y como nosotros lo vemos, que la ciencia tiene límites epistemológicos. Todo el texto se resume en una frase (el énfasis, en esta y demás citas, es nuestro):

Este concurso es algo diferente a otros que hemos hecho. Una diferencia fundamental es que su desarrollo no es lineal, es decir, la resolución de una pregunta no te facilita necesariamente la siguiente. Todas las preguntas son pistas y todas las respuestas también lo són. Pero hay múltiples respuestas posibles, por lo que solo las correctas encajan.

Se considera de dificultad extrema para este tipo de entretenimiento, pero es resoluble. Un gran especialista (y el que suscribe ha compuesto algunos para una sociedad en la que abundaban) puede llegar a emplear entre tres días y una semana en resolverlo completamente. Vosotros tendréis dos meses.

Las respuestas se publican como comentario a esta entrada. Todos los comentarios con respuestas estarán moderados hasta el 1 de septiembre. No hay más pistas que el propio texto, que se encuentra tras la imagen que puede, o no, tener algo que ver con él. Eso sí, cada palabra del texto ha sido elegida cuidadosamente.

Ánimo y a pensar, verás que divertido y gratificante si llegas a un momento ¡ajá!

En una facultad de ciencias tradicional se estudian matemáticas, física, química, biología y geología. Las cinco ciencias están presentes en este concurso, además de lingüística, geografía, historia, historia del arte, filosofía y teología. Es un reto difícil, incluso muy difícil, pero superable: solo hay que seguir el hilo (aunque hay atajos).

Se considera superado si se responden correctamente al menos 13 de las 25 cuestiones. Habida cuenta de la dificultad, los comentarios están especialmente moderados. Las respuestas se publicarán el 1 de julio.

Buena suerte y que disfrutes.

La imagen que sigue es solo decorativa y se incluye a efectos de separación. No está relacionada con el concurso.

El concurso está cerrado. Se están contabilizando las respuestas…

Probablemente lo que sigue sea el pasatiempo más complejo que te encuentres estas navidades. Y, sin embargo, es muy fácil de resolver: sólo es necesario leer con atención, tener acceso a internet y tener una edad como para que te permitan navegar solo. La perseverancia también suele ser útil.

Las normas son simples y por eso mismo no tiene excusa no cumplirlas:

1 Todas las pistas están en el texto. No se dan más.

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Los seres humanos tenemos una imperiosa necesidad de hacer que el mundo adquierasentido. Esta fue una de las claves (ciertamente no la única) y funciones del surgimiento de las religiones. En las culturas no teístas los espíritus son los agentes causales: las enfermedades las causan “espíritus malignos” que entran en el cuerpo, los cambios en el tiempo atmosférico son cosa de los espíritus del viento o de la lluvia. En las religiones teístas son los dioses (únicos, trinos o una pluralidad de ellos) los responsables últimos de todo lo que ocurre. Incluso si no causan directamente los acontecimientos, si la gente enferma, tiene accidentes, muere o se queda embarazada es por la “voluntad de Dios”.

Hoy día muchas personas (ciertamente no la mayoría) han sustituido estas explicaciones divinas por las explicaciones que proporciona la ciencia. Hoy día, para quien lo quiera ver, poseemos una comprensión mucho más racional de cómo funciona el mundo, lo que es probablemente la causa de que la religión no ocupe el papel preeminente que solía en la mayoría de las culturas de los países desarrollados.

Sin embargo, ese ansia de dar sentido al mundo nos juega malas pasadas y tendemos a atribuir a los resultados científicos unas certidumbres que, simplemente, no existen. No es extraño leer o escuchar como, a partir de “un estudio”, se construyen una serie de conexiones que no existen con objeto de encontrar un sentido general. Dicho de otro modo, existe una necesidad cuasi-religiosa de construir una estructura explicativa, que a menudo infla y distorsiona los hechos. Esta necesidad parece ser especialmente perentoria para todo lo que se refiera al ser humano y su comportamiento.