Veíamos en la entrega anterior de esta serie que Kepler había mantenido una correspondencia muy interesante con Thomas Harriot y que, en el transcurso de ésta, Harriot le había mencionado a Kepler el problema del empaquetamiento de esferas. También mencionamos que Kepler llegó pronto a la conjetura de su nombre.

Como parte de este proceso, Kepler se dio cuenta que el empaquetamiento compacto de esferas en una sola capa da lugar a estructuras hexagonales que recuerdan a un panal de abeja. Esto le llevó a cuestionarse (y a buscar una respuesta satisfactoria) sobre la forma hexagonal de los copos de nieve en su tratado de 1611 Strena seu de nive sexangula (Un regalo de Año Nuevo de nieve hexagonal). Esto ya de por sí era bastante excepcional, ya que en aquella época no era común el conocimiento sobre la forma de los copos de nieve.

Olaus Magnus Historia om de nordiska folken

A título de ejemplo del conocimiento de la época tomemos el Historia de gentibus septentrionalibus (Historia de los pueblos del Norte) de Olof Månsson (latinizado Olaus Magnus), publicado en 1555. En él aparece una ilustración de los copos de nieve en la que es evidente que el autor, sueco por más señas, no es consciente de la forma hexagonal de los copos de nieve. Vemos que hay copos de nieve con forma de mano o de ojo o de media luna, por ejemplo.

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Kepler llegó a la conclusión de que la forma de los cristales está relacionada con la geometría de los panales de abeja. Este empaquetamiento compacto del panal puede extenderse en las tres dimensiones de la misma forma en que los granos ocupan una granada. La elección de Kepler del copo de nieve (plano) para su explicación en vez de los cristales poliédricos de cuarzo que usó Cardano tiene la ventaja de que no le aplica la refutación de Scaligero (véase la IV entrega). Ni que decir tiene que este razonamiento, desde el punto de vista actual, no es válido: ni la molécula de agua es una esfera ni el empaquetamiento del cristal de agua de origen atmosférico puede ser llamado compacto de ninguna de las maneras. Sin embargo merece la pena detenernos un momento en él.

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En el momento de componer De nive sexangula, Kepler ya era un convencido atomista y consideraba la materia como compuesta por átomos esféricos. Había evaluado dos maneras diferentes en las que las esferas se pueden empaquetar en dos dimensiones, cuadrada y hexagonal, comprobando que esta proporcionaba un empaquetamiento más compacto. La extensión de estos empaquetamientos a tres dimensiones llevaba, en el caso del cuadrado, a una disposición cúbica en el que cada esfera está rodeada por otras seis esferas (un empaquetamiento cúbico primitivo), mientras que la disposición hexagonal llevaba a un empaquetamiento más denso, en el que cada esfera tiene doce vecinos. Este es el empaquetamiento que el conjeturó que era el que tenía mayor densidad posible.

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Al igual que Cardano y Kepler, Robert Hooke (del que ya hablamos en la II entrega) también creía que la naturaleza atómica de la materia también podría explicar las formas regulares de los cristales. A diferencia de los primeros, que se dedicaron casi en exclusiva a los hexágonos, Hooke también consideró otras formas y se dio cuenta de que el empaquetamiento compacto de esferas podría explicar toda clase de formas diferentes que se pueden encontrar en los cristales.

hooke 1665

Hooke fue un paso más allá y dibujó en su Micrographia (1665) estudios detallados para intentar determinar cómo se empaquetan los átomos para dar lugar a las distintos cuerpos cristalinos. Su idea era observar detalladamente cristales, naturales y artificiales, para determinar todas las formas posibles, y después tratar de construirlas usando esferas. Fijémonos en que de aquí se sigue con naturalidad la idea de que sólo ciertos ángulos son posibles en los cristales; sin embargo, Hooke nunca dijo tal cosa de forma explícita, por lo que la ley de la constancia de los ángulos se atribuye a Steensen aunque su De solido es de 1669.

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Hooke nunca completó su proyecto más ambicioso. De hecho se necesitaron 160 años de observaciones antes de poder intentar una construcción general de formas cristalinas. En 1826 Moritz Ludwig Frankenheim publicó Crystallonomische Aufsätze, su intento de sistematizar la mayoría de los cristales conocidos basándose en sus simetrías. Llegó a la conclusión de que sólo existían 32 combinaciones de operaciones de simetría. Hoy diríamos que sólo existen 32 grupos puntuales cristalográficos que definen 32 clases de cristales. Frankenheim no usó la definición de grupo (Galois, 1829) que no sería de uso generalizado hasta después de 1846.

En algunos textos el descubrimiento de los 32 grupos puntuales cristalográficos aparece atribuido a Johann F.C. Hessel, que lo realizó independientemente cuatro años después de Frankenheim, en 1830, aunque pasó desapercibido hasta que fue redescubierto por Ostwald en 1897; también aparecen atribuciones a Auguste Bravais (1848) y a Axel Gadolin (1867), dependiendo de si el texto es alemán, francés o ruso, respectivamente.

Este primer paso llevó a Frankenheim a considerar las maneras posibles que podría haber de ordenar puntos (átomos esféricos) periódicamente en el espacio euclidiano (hacemos esta puntualización porque los cuasicristales, que son cuasiperiódicos en el espacio euclidiano, son periódicos en espacios de al menos 5 dimensiones, pero este es otro tema). Llegó a la conclusión en 1845 (esta fecha es importante) de que sólo había 15 simetrías diferentes para una disposición periódica de puntos en el espacio, esto es, 15 redes cristalinas.

Frankenheim hizo todo el trabajo, pero otro se llevaría el mérito, una vez más. Como decíamos más arriba la teoría de grupos se popularizó entre los matemáticos a partir de 1846, un año después de la publicación de Frankenheim. En 1848, Auguste Bravais publica sus Études Cristallographiques en el que expone los hallazgos de Frankenheim pero hace notar matemáticamente que dos de las redes de Frankenheim son, de hecho, equivalentes, y que, por lo tanto, el número de redes elementales es 14. Desde entonces se las conoce como redes de Bravais, mientras que reto al amable lector a que busque alguna cita a Frankenheim en algún texto cristalográfico general.

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Así, Frankenheim (y Bravais) habían resuelto el problema de disponer puntos en el espacio. Pero, ¿qué pasa si lo que hay que distribuir espacialmente son moléculas que no tienen por qué tener una simetría propia? Esta es la pregunta que al final fue resuelta en 1891 por dos matemáticos que publicaron independientemente las definiciones de los 230 grupos espaciales cristalográficos (si se admite que las copias quirales son distintas; si no, 219), pero que colaboraron en la elaboración de estas ideas, Evgraf Stepánovich Fiodorov y Arthur Moritz Schönflies.

Si bien la forma de los cristales era un buen argumento a favor de la teoría atómica, y que la teoría atómica también era una buena base para las teorías cristalográficas, la oposición al atomismo persistía. El concepto había sido revitalizado a principios del siglo XIX por John Dalton, pero hasta el primer Congreso de Químicos en Karlsruhe (1860) no tuvo una especie de reconocimiento oficial. Con todo, muchos científicos abominaban de la teoría y lo siguieron haciendo hasta entrado el siglo XX. La verdad es que no se les puede acusar de cabezonería o falta de conocimiento, si acaso de rigor excesivo o de dejarse llevar por según qué corriente filosófica. En cualquier caso, las pruebas experimentales definitivas se encontrarían en el siglo XX: la radioactividad, la confirmación de la teoría de Einstein del movimiento browniano y, mire usted por donde, la difracción de los rayos X por los cristales.

Este texto es la quinta parte de la serie Notas para una breve historia de la cristalografía.

Referencias generales de la serie:

[1] Wikipedia (enlazada en el texto)

[2] Cristalografía – CSIC

[3] Molčanov K. & Stilinović V. (2013). Chemical Crystallography before X-ray Diffraction., Angewandte Chemie (International ed. in English), PMID:

[4] Lalena J.N. (2006). From quartz to quasicrystals: probing nature’s geometric patterns in crystalline substances, Crystallography Reviews, 12 (2) 125-180. DOI:

[5] Kubbinga H. (2012). Crystallography from Haüy to Laue: controversies on the molecular and atomistic nature of solids, Zeitschrift für Kristallographie, 227 (1) 1-26. DOI:

[6] Schwarzenbach D. (2012). The success story of crystallography, Zeitschrift für Kristallographie, 227 (1) 52-62. DOI:

Esta entrada es una participación de Experientia docet en la Edición Inaugural del Festival de la Cristalografía que organiza Educación química y en la XXX Edición del Carnaval de Química que acoge Activa tu neurona.

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Experientia docet se une al Manifiesto #NoSinEvidencia que reproducimos a continuación:

La evidencia científica es uno de los pilares sobre los que se asienta la medicina moderna. Esto no siempre ha sido así: durante años, se aplicaron tratamientos médicos sin comprobar previamente su eficacia y seguridad. Algunos fueron efectivos, aunque muchos tuvieron resultados desastrosos.

Sin embargo, en la época en la que más conocimientos científicos se acumulan de la historia de la humanidad, existen todavía pseudo-ciencias que pretenden, sin demostrar ninguna efectividad ni seguridad, pasar por disciplinas cercanas a la medicina y llegar a los pacientes.

Los firmantes de este manifiesto, profesionales sanitarios y de otras ramas de la ciencia, periodistas y otros, somos conscientes de que nuestra responsabilidad, tanto legal como ética, consiste en aportar el mejor tratamiento posible a los pacientes y velar por su salud. Por ello, la aparición en los medios de comunicación de noticias sobre la apertura de un proceso de regulación y aprobación de medicamentos homeopáticos nos preocupa como sanitarios, científicos y ciudadanos, y creemos que debemos actuar al respecto. Las declaraciones de la directora de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) asegurando que “no todos los medicamentos homeopáticos tienen que demostrar su eficacia” y que “la seguridad no se tiene que demostrar con ensayos clínicos específicos” no hacen sino aumentar nuestra preocupación.

Por lo tanto, solicitamos:

  1. Que no se apruebe ningún tratamiento que no haya demostrado, mediante ensayos clínicos reproducibles, unas condiciones de eficacia y seguridad al menos superiores a placebo. La regulación de unos supuestos medicamentos homeopáticos sin indicación terapéutica es una grave contradicción en sí misma y debe ser rechazada. Si no está indicado para nada ¿para qué hay que darlo?.
  2. Que la AEMPS retire de la comercialización aquellos fármacos, de cualquier tipo, que pese a haber sido aprobados, no hayan demostrado una eficacia mayor que el placebo o que presenten unos efectos adversos desproporcionados.
  3. Que el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad y el resto de autoridades sanitarias persigan a aquellas empresas que atribuyen cualidades curativas o beneficiosas para la salud a sus productos sin haberlo demostrado científicamente.
  4. Que el Consejo General de Colegios de Médicos de España / Organización Médica Colegial, en cumplimiento del artículo 26 del Código de Deontología Médica, desapruebe a los facultativos que prescriban tratamientos sin evidencia científica demostrada.

Anillo de Einstein de PKS 1830-211 | Imagen: MERLIN
Anillo de Einstein de PKS 1830-211 | Imagen: MERLIN

¿Varía con el tiempo la masa del protón? No me refiero a lo que refleja Wikipedia en la que, por ejemplo, el valor que aparece en la versión española es de 1,672621637(83)×10−27 kg, en la francesa 1,672623×10-27, en la italiana 1,67262171(29)×10−27, mientras que en la versiones japonesa, alemana o inglesa es 1.672621777(74)×10−27 .Por cierto, este último valor es el que corresponde con el último oficial en el momento de escribir esta anotación.

Como decía, no me refiero a la precisión con la que podemos medir la masa del protón o al ritmo con el que se actualizan o dejan de hacerlo las distintas versiones de una enciclopedia. Sino a si la masa del protón que medimos hoy es la misma que hace cinco mil millones de años o más. ¿Y la masa del electrón? Porque si las interacciones entre las fuerzas fundamentales cambiaron radicalmente al comienzo del universo, en concreto el acoplamiento entre la nuclear fuerte y la electromagnética, nada impide que al menos en teoría, estén cambiando con el tiempo, lo que afectaría a las masas de estas partículas, ya que buena parte de la masa del protón viene dada por las interacciones de los quarks en forma de gluones de la interacción fuerte.

Son preguntas interesantes pero la respuesta no es precisamente obvia. Habría que medir de alguna manera cómo eran las masas de estas partículas hace miles de millones de años. ¿Se le ocurre al amable lector como podría hacerse?

Viajar al pasado remoto es posible con sólo mirar al cielo. La existencia de un límite a la velocidad con la que la luz puede viajar en el vacío hace que cuando observamos una estrella o una galaxia veamos la luz que emitió hace minutos, años o miles de años. Por ejemplo, la luz que vemos de la galaxia PKS 1830–211 formando un anillo de Einstein salió de ella hace 7.500 millones de años. ¿Pero cómo determinar la masa del protón o del electrón en una galaxia que está a 7.500 millones de años luz de la Tierra? Dicho así, es difícil, pero no lo es tanto (relativamente hablando) determinar la relación entre las masas de ambos.

Efectivamente, las masas relativas de protón y electrón afectan a las energías de rotación de una molécula. Basta por tanto localizar una molécula conveniente en una galaxia como PKS 1830–211 y medir sus energías rotacionales para, a partir de ahí, determinar la relación entre las masas de protón y electrón.

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Esa molécula conveniente es el metanol (CH3OH), el alcohol más simple. Pero la medición de las 17 energías rotacionales posibles no es tan sencilla como pudiera parecer. El equipo de Julija Bagdonaite, de la Universidad de Amsterdam (Países Bajos) lleva años intentando medirlas y analizando los datos. A finales de 2012 publicaron un avance de los resultados con los datos del radiotelescopio Effelsberg de 100m. Ahora aparecen en Physical Review Letters los datos completos con las mediciones realizadas también con el radiotelescopio de 30 m del Institute de Radio Astronomie Millimétrique y el Large Millimeter/submillimeter Array de Atacama. Y la conclusión (bastante robusta) es que si la relación entre las masas del protón y el electrón ha cambiado, lo ha hecho en menos de una parte en 10 millones en los últimos 7.500 millones de años.

Referencia:

Bagdonaite J., Daprà M., Jansen P., Bethlem H.L., Ubachs W., Muller S., Henkel C. & Menten K.M. (2013). Robust Constraint on a Drifting Proton-to-Electron Mass Ratio at z=0.89 from Methanol Observation at Three Radio Telescopes, Physical Review Letters, 111 (23) DOI:

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Cuando se analizan los resultados de un experimento el investigador serio tiene que tener cuidado con varias cosas. Una de ellas es asegurarse de que no existen factores distintos a los que se están considerando que pudieran estar influyendo significativamente en la determinación de posibles correlaciones. Otro, cómo se presentan y analizan los resultados. Finalmente, no sólo los autores, también el receptor del trabajo debe ser crítico cuando interpreta los resultados, estar alerta para que los sesgos cognitivos no le jueguen una mala pasada, sobre todo el sesgo de confirmación, nuestra tendencia natural a interpretar los resultados de manera que confirman nuestras hipótesis o creencias.

El pasado 3 de diciembre la prensa mundial se vio inundada por una noticia sobre un artículo publicado en PNAS en el que las presuntas diferencias neurológicas entre los encéfalos de varones y mujeres venían a confirmar los estereotipos de comportamiento / capacidades cognitivas habitualmente asociados a ambos sexos. Basten estos dos ejemplos en prensa española: Por qué ellos se orientan mejor y ellas tienen más memoria ó Hombre/Mujer somos dos mundos aparte.

Nosotros no nos habíamos pronunciado sobre la cuestión salvo este tuit:

A consecuencia de él varias personas nos han pedido que explicásemos algo la cuestión. Pues bien, el estudio en cuestión comete los pecados que exponíamos más arriba y la prensa cae en un sesgo de confirmación de libro. Veámoslo con algo de detalle pero sin ánimo de ser exhaustivos.

Evidentemente diferentes

Lo primero, ¿existen diferencias entre los encéfalos de varones y mujeres? Pues mire usted, sí. Y lo puedo afirmar con rotundidad sin hacer estudios de conectoma, ni usar resonancia magnética funcional.

De entrada los encéfalos de varones están en cuerpos de varones y los de mujeres en cuerpos de mujeres. Desde el momento en que la anatomía corporal (fruto de diferencias genéticas, además) es distinta, los encéfalos deben estar conectados de forma diferente. Los encéfalos de varones tienen que gestionar un pene y órganos auxiliares, los de mujeres una vagina, un útero y demás. Los encéfalos de los varones son en promedio más grandes que los de mujeres.

No sólo eso, los niveles de distintas hormonas son diferentes en varones y mujeres, y sabemos que las hormonas pueden actuar como neurotransmisores y neuromoduladores. Por tanto cabe esperar una influencia hormonal en cómo se estructura el encéfalo. Y que la influencia sea distinta entre niños y niñas de 8 años y mujeres y varones de 22.

Pero también es cierto que el encéfalo está en constante evolución, aprendiendo o, lo que es lo mismo, haciendo y deshaciendo conexiones sinápticas. Y que en el proceso de aprendizaje influye el entorno de forma crítica. El entorno puede llegar a ser manifiestamente diferente para mujeres y varones.

El estudio en cuestión

Como decíamos este estudio aparecido en PNAS, escrito por investigadores de la Universidad de Pensilvania, empleaba una técnica de imagen llamada tensor de difusión y concluía que los encéfalos de los varones estaban conectados de forma muy diferente a los de las mujeres. El equipo hasta se tomó el trabajo de preparar ilustraciones, profusamente usadas por la prensa, para hacer comprensible sus hallazgos de un sólo vistazo.

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El encéfalo de los varones aparecía con sus conexiones principales, pintadas en azul (para que nadie fuese a confundirse). Las conexiones dentro de los hemisferios cerebrales eran muy fuertes, pero las que existían entre los hemisferios eran muy débiles. Por el contrario, el encéfalo femenino presentaba conexiones (en un apropiado tono naranja) densas entre los hemisferios cerebrales. En el cerebelo la cosa parece que es distinta (véase la imagen de apertura).

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Adicionalmente a lo anterior se realizaron distintos tests psicológicos previos. Más sobre esto un poco más abajo.

Con todo ello los autores llegan a la siguiente conclusión (traducción nuestra), que cierra el abstract del artículo:

En conjunto, los resultados sugieren que los encéfalos masculinos están estructurados para facilitar la conectividad entre percepción y acción coordinada, mientras que los encéfalos femeninos están diseñados para facilitar la comunicación entre los modos de procesamiento analítico e intuitivo.

¿De verdad?

¿Tienen los autores base suficiente para llegar a esta conclusión? Veámoslo.

1 La vara de medir. No puedo medir neurona a neurona, es materialmente imposible a escala encefálica. Tengo que crear agrupaciones de ellas, parcelas, para ver cómo se conectan estas parcelas entre sí. Cada parcela actúa como un nodo de una red y lo que se va a estudiar es la estructura de esa red. Cómo elija esos nodos va a ser crítico para la calidad del trabajo resultante. De entrada el número de nodos me dirá la precisión con la que puedo medir: no es lo mismo usar una vara de metro que un micrómetro.

En el estudio de la conectividad los autores se basaron en una parcelación encefálica de 68 nodos corticales y 27 subcorticales. ¿Esto es mucho o poco? Bueno, si consideramos que sólo la corteza cerebral se divide en 52 áreas de Brodmann, no parece una división muy fina. Menos si lo que se quiere estudiar es la conectividad.

2 ¡Estate quieto, niño! Existen, y está cada vez más documentado, varios problemas con el uso de la resonancia magnética en sus distintas variantes en el estudio del encéfalo. Uno de ellos es la influencia que en las lecturas puede tener el movimiento de la cabeza (véase Yendiki et al., por ejemplo). Parece plausible que durante este estudio realizado a sujetos de entre 8 y 22 años, los niños varones tendiesen a moverse más que las mujeres adultas, o al revés. No lo sabemos, no existe un estudio paramétrico por edades-sexo.

3 ¡Cabezolón tienes, hijo! Los encéfalos de los varones son mayores que los encéfalos de las mujeres. Si tenemos en cuenta que existe una correlación inversa entre la longitud de la conexión y el grado de conectividad cuando se usa imagen por tensor de difusión (véase Lewis et al), parece importante tenerlo en cuenta si se van a comparar encéfalos de mujeres y varones en términos de conectividad.

El cuerpo calloso, el puente de materia blanca que conecta ambos hemisferios, es menor proporcionalmente cuanto mayor es el encéfalo; y esto tiene que ver con el tamaño puro y duro, no con el sexo, pero ha sido (y es) confundido con un dimorfismo sexual durante mucho tiempo (Luders et al.; aquí lo cuenta Neuroskeptic).

Estas correcciones por tamaño del encéfalo no aparecen consideradas en el estudio.

4 Los hombres son siempre más altos que las mujeres. Creo que nadie estará de acuerdo con esta frase. Lo correcto es decir que los varones, en promedio, son más altos que las mujeres. No es difícil encontrar mujeres más altas que varones con sólo salir a la calle. Si queremos hablar con propiedad de las diferencias entre varones y mujeres de una población dada, necesitaremos una muestra significativamente grande, y sobre todo dar el resultado de una forma numérica conveniente; por ejemplo, los varones adultos sanos de esta ciudad miden en promedio 172 ± 6 cm y las mujeres sanas 167 ± 7 cm. Con los datos dados de esta manera veo que no será demasiado raro encontrar varones de 166 o mujeres de 174.

Lo que la prensa no cuenta es que los sujetos de este estudio eran un subconjunto de los participantes en otro anterior mucho mayor (Gur et al.) que analizaba las diferencias sexuales con una batería de pruebas neurocognitivas computerizadas. El estudio en cuestión se basa en los resultados de éste para establecer la presunta correlación entre capacidades cognitivas y conectividad encefálica. En todas las informaciones que aparecen publicadas en prensa hay un dato que no está, la magnitud de las diferencias encontradas entre varones y mujeres expresada de forma numérica conveniente.

Para no alargarnos demasiado, lo resumimos así: estamos hablando de diferencias sutiles. A este respecto tomo el ejemplo de Cordelia Fine (que ahonda mucho más en esta cuestión en este artículo muy recomendado, aquí)

Incluso la tan cacareada ventaja femenina en cognición social y la masculina en procesamiento espacial era tan pequeña que un chico elegido al azar tendría mejores resultados que una chica en cognición social, y la chica mejores que el chico en procesamiento espacial, más de un 40% de las veces. [Nota: si no existiese diferencia por sexo alguna sería el 50%. Traducción nuestra]

5 De color bien, pero no flota. Esta frase de un chiste de Gila referida a un submarino, es la clave del asunto. El estudio pretende encontrar una relación causal entre la conectividad, encontrada usando una metodología para lo que no parece que se hayan corregido sus limitaciones, y los resultados de una batería de test psicológicos y entre éstos y la realidad, atreviéndose a afirmar que el dimorfismo sexual en las habilidades presuntamente observadas de varones y mujeres tiene una base neurológica. En ningún momento se establece esa causalidad, ni de qué forma la existencia de esas presuntas conexiones diferentes dan cuenta de las presuntas diferencias cognitivas en los tests. Y el salto a la realidad no es más que tomar el estereotipo como cierto y, a partir de ahí, alcanzar las conclusiones.

Si has llegado leyendo hasta aquí, ya comprenderás el porqué de nuestro tuit. Finalmente nos permitimos recomendarte estos 20 consejos para interpretar estudios científicos.

Referencia:

Ingalhalikar M., Smith A., Parker D., Satterthwaite T.D., Elliott M.A., Ruparel K., Hakonarson H., Gur R.E., Gur R.C. & Verma R. & Sex differences in the structural connectome of the human brain, Proceedings of the National Academy of Sciences, DOI:

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Comentábamos en la introducción de esta serie que hay mucho profesor y, en general personas interesadas por la ciencia, que mantienen posiciones que son filosóficas, aunque ellos piensen que son “la posición”, en el sentido de la única descripción fiel de la realidad, de una inocencia conmovedora. Una de esas posiciones es la creencia en que existe una cosa llamada “el método científico” en el que se asume un falsacionismo naíf.

Continúa leyendo en el Cuaderno de Cultura Científica.

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Las placas tectónicas que componen la litosfera, la capa más externa de la Tierra, se desplazan sobre el manto, la capa fluida que hay debajo, a una velocidad del orden de entre 2 y 8 cm por año. Las zonas donde una placa tectónica se mueve debajo de otra hundiéndose en el manto se llaman zonas de subducción. Estas zonas de subducción son ricas en terremotos, volcanes y formación de montañas. Y según un estudio recién publicado en PNAS por un equipo encabezado por Yuri Palyanov, del Instituto de Geología V.S. Sobolev (Rusia), también en formación de diamantes, por reacciones de oxidación-reducción.

Cuando hablamos del diamante lo primero que pensamos desde el punto de vista químico tradicional es que es carbono puro. Pero, en la realidad, los diamantes nunca son carbono puro: existen inclusiones de distintos elementos, que le pueden dar color. El nitrógeno, por ejemplo, le da un tono marrón-amarillento o el boro le da las tonalidades azules (otra fuente de color son los defectos reticulares). Incluso si nos centramos sólo en el carbono, la composición isotópica hace que explicar el origen de los diamantes sea algo no precisamente trivial.

Diamante (izqda.) y grafito (dcha.)
Diamante (izqda.) y grafito (dcha.)

Si pensamos en la estructura del diamante como formada por carbonos unidos por enlaces covalentes todos iguales quzás nos resulte difícil imaginar que en el origen de este alótropo del carbono intervenga toda una serie de reacciones de oxidación-reducción (redox). Sin embargo, esto es algo que la geoquímica tenía asumido desde hace mucho, si bien los mecanismos detallados no se tenían del todo claros. Por otra parte, la heterogeneidad de los diamantes se pensaba que era consecuencia de las diferentes características isotópicas de los materiales de carbono disponibles en las diferentes fases de la cristalización del diamante o bien de los diferentes materiales presentes en el medio de cristalización.

La cuestión es que no se habían realizado experimentos en las condiciones que se cree existen en las zonas de subducción de alta presión y temperatura para estudiar en detalle los procesos que tienen lugar entre una placa rica en carbonatos que se hunde en un manto rico en metales (hierro especialmente). Y esto es lo que han hecho Palyanov y colaboradores, encontrando que una sola fuente de carbono y un solo proceso pueden dar lugar a buena parte de la heterogeneidad observada.

Los investigadores encontraron que los minerales de la corteza oxidados interactúan con las rocas saturadas en metales reducidos del manto. A temperaturas supreriores a 1000ºC los carbonatos de calcio y magnesio reaccionaban con el hierro para formar nuevos minerales, incluyendo carburo de hierro y grafito.

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Si seguían aumentando la temperatura por encima de 1200ºC y a presiones del orden de 7,5 GPa (gigapascales) empezaba a observarse un gradiente de estados de oxidación. En la zona entre los carbonatos y el hierro comienzan a aparecer diamantes minúsculos (en gris oscuro en la foto; blanco mineral de hierro y los carbonatos gris claro). Los análisis pusieron de manifiesto que los diamantes formados en condiciones oxidadas contenían más impurezas de nitrógeno que los que se formaban en condiciones reducidas.

Otra conclusión del estudio es que los diamantes pueden formarse en un amplio rango de presiones / temperaturas /concentraciones de oxígeno y que este experimento tan sólo reproduce uno de los casos posibles.

Referencia:

Palyanov Y.N., Bataleva Y.V., Sokol A.G., Borzdov Y.M., Kupriyanov I.N., Reutsky V.N. & Sobolev N.V. Mantle-slab interaction and redox mechanism of diamond formation, Proceedings of the National Academy of Sciences, DOI:

Esta entrada es una participación de Experientia docet en la Edición Inaugural del Festival de la Cristalografía que organiza Educación química y en la XXX Edición del Carnaval de Química que acoge Activa tu neurona.

Esto ya no es así.
Esto ya no es así.

El encéfalo produce y libera estrógenos. El hipotálamo podría controlar directamente la función reproductiva en macacos Rhesus y, muy posiblemente, también en mujeres. Esta es la sorprendente conclusión de un estudio publicado en Journal of Neuroscience realizado por un equipo encabezado por Brian Kenealy, del Centro Nacional de Investigación Primate de Wisconsin. Este descubrimiento puede permitir una mejor comprensión de los cambios hormonales que se producen desde antes del nacimiento y durante todo el proceso de envejecimiento.

Se sabe desde hace 80 años que el hipotálamo, una región del encéfalo (que no del cerebro o telencéfalo), participa en la regulación del ciclo menstrual y la reproducción. En los últimos 40 años se ha especulado repetidamente con la existencia de estrógenos neuronales, pero se desconocía si eran producidos y liberados in situ.

Para comprender la relevancia del descubrimiento, repasemos someramente, y sin ánimo de ser exhaustivos, la importancia de los estrógenos en general, y del estradiol en particular, en la mujer.

La mayoría de los estrógenos, como el estradiol, una hormona que controla el ciclo menstrual, se produce en los ovarios. El estradiol circula por el organismo, incluyendo el encéfalo, e influye en la reproducción, el peso corporal e, incluso, en el aprendizaje y la memoria. El estradiol también induce, en la mujer en desarrollo, el crecimiento de la mucosa uterina, la maduración de los genitales femeninos, el crecimiento de los senos y los cambios en la distribución del tejido adiposo que diferencian a la mujer de la niña. De aquí, se deduce fácilmente, que la extirpación quirúrgica de los ovarios o la menopausia tengan multitud de efectos secundarios asociados.

Existen enfermedades que pueden o podrían estar ligadas a desequilibrios de estrógenos: alzhéimer, derrame cerebral o depresión, pueden ser las más conocidas; pero también existe todo un abanico de enfermedades autoinmunes, como la encefalomielitis autoinmune experimental, de la familia de la esclerosis múltiple. El nuevo descubrimiento, de confirmarse, podría convertir al hipotálamo en una nueva diana terapéutica para fármacos destinados a tratar/paliar estas enfermedades.

El estudio llevado a cabo por Kenealy et al. consta de tres partes. Veámoslas esquemáticamente.

En el primer experimento se administraba benzoato de estradiol directamente al hipotálamo de macacas Rhesus a las que se les había extirpado previamente los ovarios quirúrgicamente. Esta infusión de estradiol provocó la liberación inmediata de hormona liberadora de gonadotropina (GnRH). Hasta aquí, esperable, ya que los estrógenos son los que regulan la liberación de GnRH.

En el segundo experimento, se estimulaba eléctricamente (suavemente, intentando reproducir el efecto neurotransmisor de los estrógenos) el hipotálamo lo que provocaba la liberación tanto de estradiol como de GnRH. Esto ya es muy llamativo: aparece estradiol donde no se ha administrado ninguno. Podría interpretarse como que la llegada de la hormona puede hacer que se libere más de ella misma.

En el tercero los investigadores aportaron letrozol (un inhibidor de aromatasa; los estrógenos se producen a partir de andrógenos mediante este tipo de enzimas) y no hubo manera de que se liberasen ni estradiol ni GnRH. Lo que significa que tanto el GnRH (ya conocido) y el estradiol (nuevo descubrimiento) se producían in situ.

La investigación, como hemos repetido varias veces, se ha realizado en macacas Rhesus. También es cierto que estos macacos han probado repetidamente ser buenos modelos biomédicos de los sistemas reproductivo, inmune y neurológico humanos. No sabemos qué nos traerá este hallazgo, lo que sí es cierto es que permitirá comprender mejor los cambios hormonales en todas las fases del desarrollo.

Referencia:

Kenealy B.P., Kapoor A., Guerriero K.A., Keen K.L., Garcia J.P., Kurian J.R., Ziegler T.E. & Terasawa E. (2013). Neuroestradiol in the Hypothalamus Contributes to the Regulation of Gonadotropin Releasing Hormone Release, Journal of Neuroscience, 33 (49) 19051-19059. DOI:

La idea de que la divisibilidad de la materia es finita es contraintuitiva. Ahora nos puede parecer evidente porque hemos crecido con la idea de los átomos, pero no es un concepto en absoluto evidente. A pesar de ello ha estado presente en la filosofía prácticamente desde sus comienzos.

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Filosofía no sólo Occidental. Hay muchos que afirman que fue probablemente Kanada, allá por el siglo II a.e.c. (aunque hay fuentes que afirman que vivió en el VI a.e.c.) el que introdujo en el pensamiento hindú el concepto de anu o aor (átomo). Lo cierto es que en el Bhagavad-Guitá, con seguridad del siglo II a.e.c o anterior, ya recoge en el capítulo ocho, versículo nueve, lo siguiente (énfasis nuestro):

kaviḿ purāṇam anuśāsitāram aṇor aṇīyāḿsam anusmared yaḥ sarvasya dhātāram acintya-rūpam āditya-varṇaḿ tamasaḥ parastāt

lo que se traduce según Julio Pardilla como

Aquél que medita en el Creador: Gobernador Supremo de todo lo creado desde tiempo inmemorial, más pequeño que el más pequeñito de los átomos y, aun así, abarcando y manteniendo este inmenso universo entero […]

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En la filosofía Occidental los padres oficialmente reconocidos del atomismo, ambos del siglo V a.e.c., son Leucipo de Mileto, que creía que todo estaba compuesto por átomos indivisibles que se movían al azar en el vacío, y su discípulo Demócrito de Abdera, que elaboró y diseminó las ideas de su maestro. Aunque, si hemos de creer a Estrabón cuando cita a Posidonio, el primero en proponer la idea del átomo habría sido Mosco de Sidón, posiblemente en el XII o XIII a.e.c.

La teoría atomista encontró desde el comienzo fervorosos defensores y fieros críticos. Entre los primero destacó Lucrecio que, en su De rerum natura, presentó argumentos empíricos muy claros y convincentes para apoyar su visión atomista del universo. Más interesante para lo que nos ocupa ahora es que también señaló que las propiedades físicas como la dureza o la densidad son el resultado de la disposición de los átomos; incluso su idea de “átomos ramosos y enlazados” del Libro II se corresponde muy bien con nuestra idea intuitiva de lo que es un enlace covalente en un sólido.

Deben los cuerpos duros y compactos tener unos átomos más unidos, ramosos y enlazados. Entre los que sobresalen los diamantes, que se burlan de golpes repetidos, el duro pedernal y el fuerte hierro, y los bronces rechinantes de los quicios. (Traducción de José Marchena, adaptada por nosotros)

Loa argumentos de Lucrecio sin embargo no se aceptaron fácilmente. Tanto es así que se necesitaron casi dos milenios para zanjar la cuestión.

Esta idea que se insinúa en Lucrecio de que el empaquetamiento de los átomos (y moléculas) está en la base de la estructura cristalina, y que ésta es la responsable última de las propiedades macroscópicas que presentan los cristales no volvería a retomarse hasta el siglo XVI.

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La primera mención de este concepto aparece en De subtilitate libri XXI* (en traducción libre: 21 libros de filosofía trascendental) publicado por Gerolamo Cardano en 1550. En el Libro VII intenta explicar la forma prismática hexagonal de los cristales de cuarzo como resultado del empaquetamiento compacto de partículas esféricas, una propuesta que surge de su estudio de las celdillas de las colmenas. Los cristales están compuestos de partículas esféricas y, dado que se pueden ubicar seis esferas alrededor de una esfera central, el añadir más capas de partículas esféricas debe llevar a un cristal final con forma hexagonal.

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Esta hipótesis de Cardano no encontró mucho eco y pronto fue puesta en cuestión por Giulio Cesare Scaligero (o della Scala). Scaligero, aristotélico furibundo, señala que Cardano se ha olvidado de las pirámides hexagonales (las caras romboédricas de los extremos del cristal de cuarzo) que, en su opinión, no son consistentes con el modelo de Cardano. De hecho, a Scaligero le gustó tan poco De subtilitate que terminó publicando en 1557 un texto extensísimo (más de 1000 páginas de folio) para rebatirlo punto por punto: Exotericarum exercitatonium liber XV. De subtilitate, ad Hyeronimun Cardanum. Incidentalmente, este libro, que propugnaba el realismo y el empirismo, tendría una influencia reconocida en Francis Bacon, Johannes Kepler o Gottfried W. Leibniz.

En cualquier caso, este debate filosófico sobre el empaquetamiento de esferas invisibles podía parecer al lector del siglo XVI demasiado próximo a una discusión escolástica sobre el sexo de los ángeles, por lo que, aparte de a los implicados, no despertó mucho interés en general. Hubo que esperar a un escenario más bélico y práctico para que el empaquetamiento de esferas volviese a estudiarse en profundidad.

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Mientras preparaba su expedición de 1585 al Nuevo Mundo, Walter Raleigh encomendó a su joven tutor de matemáticas, Thomas Harriot, graduado por Oxford en 1580, la solución de un problema de diseño para sus barcos:

¿Cuál es la forma más eficiente de almacenar las balas de cañón en la cubierta de un barco, de tal manera que se pueda disponer del mayor número posible ocupando el mínimo espacio, ya que probablemente serán de utilidad para tratar con los nativos?

Harriot encontró una solución que hoy llamaríamos empaquetamiento hexagonal compacto y, asumiendo que se apilaba de esta manera, construyó una tabla para calcular el número de balas de cañón en pilas trigonal-piramidales.

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La mayor parte del trabajo de Harriot sobre las balas de cañón no se publicó nunca. Y se hubiese perdido en la noche de los tiempos si no hubiese sido por su correspondencia con Johannes Kepler. Esta correspondencia duró dos años (1606-1608), de la que sobreviven cinco cartas, dos de Harriot y tres de Kepler. La correspondencia fue iniciada por Kepler, que estaba interesado en la óptica (con objeto de obtener mediciones astronómicas precisas) y había oído que existían expertos en esta ciencia en Inglaterra.

El intercambio epistolar les llevó pronto a cuestiones más generales, entre ellas la teoría atómica. Harriot era un atomista convencido y trató de convencer a Kepler de la existencia de los átomos explicándole en primer lugar la reflexión y la reflexión de la luz en términos atómicos (lo que Kepler no encontró plausible porque, según él, requería un continuo vítreo); después que incluso el más opaco de los cuerpos, como el oro, se vuelve translúcido si se hace lo suficientemente fino.

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Como parte de la argumentación Harriot mencionó el problema del empaquetamiento de esferas, en relación a la forma en que los átomos ocupan el espacio, dejando poco vacío entre ellos. Más tarde Kepler enunciaría la conjetura de su nombre, que ningún empaquetamiento de esferas iguales puede ser más compacto (tener mayor densidad)** que el hexagonal compacto (de Harriot) o su variante el cúbico centrado en las caras.

Kepler, menos belicoso que los ingleses, aplicó este conocimiento al estudio de los copos de nieve. Pero eso será en nuestra próxima entrega.

[*] No podemos dejar de mencionar que Cardano también aportó ideas increíblemente avanzadas para su tiempo en cuestiones geológicas en De subtilitate. Entre ellas destaca la idea de que hubo una época en que las montañas estuvieron bajo el mar. Como dice Charles Lyell en Principles of Geology (que se equivoca en la fecha, por cierto):

The title of a work of Cardano’s, published in 1552, De Subtilitate (corresponding to what would now be called transcendental philosophy), would lead us to expect, in the chapter on minerals, many far fetched theories characteristic of that age; but when treating of petrified shells, he decided that they clearly indicated the former sojourn of the sea upon the mountains.

[**] El valor de densidad máxima fue calculado por Carl F. Gauss (π/3√2 ≈ 0,74048) y la prueba de la conjetura de Kepler fue finalmente dada por Thomas Hales en 1998.

Este texto es la cuarta parte de la serie Notas para una breve historia de la cristalografía.

Referencias generales de la serie:

[1] Wikipedia (enlazada en el texto)

[2] Cristalografía – CSIC

[3] Molčanov K. & Stilinović V. (2013). Chemical Crystallography before X-ray Diffraction., Angewandte Chemie (International ed. in English), PMID:

[4] Lalena J.N. (2006). From quartz to quasicrystals: probing nature’s geometric patterns in crystalline substances, Crystallography Reviews, 12 (2) 125-180. DOI:

[5] Kubbinga H. (2012). Crystallography from Haüy to Laue: controversies on the molecular and atomistic nature of solids, Zeitschrift für Kristallographie, 227 (1) 1-26. DOI:

[6] Schwarzenbach D. (2012). The success story of crystallography, Zeitschrift für Kristallographie, 227 (1) 52-62. DOI:

Esta entrada es una participación de Experientia docet en la Edición Inaugural del Festival de la Cristalografía que organiza Educación química y en la XXX Edición del Carnaval de Química que acoge Activa tu neurona.

Prueba circunstancial que implica la culpabilidad de a materia oscura: fuerte efecto de lente gravitacional. Imagen: NASA, N. Benitez (JHU), T. Broadhurst (Racah Institute of Physics/The Hebrew University), H. Ford (JHU), M. Clampin (STScI),G. Hartig (STScI), G. Illingworth (UCO/Lick Observatory), the ACS Science Team and ESA
Prueba circunstancial que incrimina a la materia oscura: fuerte efecto de lente gravitacional. Imagen: NASA, N. Benitez (JHU), T. Broadhurst (Racah Institute of Physics/The Hebrew University), H. Ford (JHU), M. Clampin (STScI),G. Hartig (STScI), G. Illingworth (UCO/Lick Observatory), ACS Science Team & ESA

Cualquiera que haya leído novela negra o visto una serie de detectives sabe qué son las pruebas circunstanciales: el sospechoso no tiene coartada, tuvo la oportunidad de cometer el crimen, le dio tiempo a llegar y volver, sabía cómo burlar los sistemas de vigilancia, etc. Pero como suele repetir el capitán de policía malhumorado: “Ningún tribunal lo condenaría por eso. Necesitamos pruebas que lo incriminen. ¡Salid ahí fuera y no volváis hasta que las tengáis!” Con la existencia de la materia oscura pasa lo mismo. Conocemos de su existencia sólo a través de pruebas circunstanciales y por ello los investigadores se esfuerzan por encontrar formas de detectarla directamente.

Efectivamente, las observaciones astronómicas apuntan a la existencia de materia no visible (en el sentido de no detectable por métodos electromagnéticos estándar), pero que no sabemos qué es. En la actualidad existen varios experimentos que están intentando encontrar las pruebas incriminatorias que permitan identificar con seguridad al culpable. Los teóricos por su parte están buscando nuevas bases sobre las que sustentar nuevos experimentos, por si acaso. Este es el caso de Christian Beck, de la Universidad de Londres (Reino Unido) que propone el que hasta la fecha pueda ser el experimento más simple: tras la no detección de WIMPs (a este respecto véase esta anotación de Francis) puede parecer más probable que el componente último de la materia oscura sea el axión, si este es el caso podría ser que pudiese detectarse en un dispositivo superconductor relativamente pequeño llamado unión de Josephson. Beck publica [1] sus resultados en Physical Review Letters.

Antes de explicar la propuesta de Beck, hay que recalcar que ya hay otros experimentos en marcha para la detección de estas partículas (aún teóricas). A este respecto recomendamos leer como introducción a qué es esta partícula y la descripción de algunos de estos experimentos La búsqueda de los axiones como candidatos a la materia oscura, también de Francis.

Nuestro sospechoso, el axión, es amigo de los disfraces. Por ejemplo, si has leído el artículo que acabamos de enlazar, habrás visto que el fotón tiene un acoplamiento no nulo con el axión, esto es, podríamos hacer experimentalmente que los fotones en un potente campo magnético se desintegrasen en axiones, que entonces podrían pasar a través de una barrera y resurgir de nuevo como fotones. Esta clase de experimentos se suelen llamar “de luz atravesando paredes”. Beck lo que propone es justo el proceso contrario: quizás los axiones de la materia oscura podrían convertirse en fotones mientras pasan a través de un detector y resurgir como axiones. En el proceso los axiones dejarían señales electromagnéticas detectables.

La hipótesis de Beck lo que dice es que una unión de Josephson podría registrar la aparición de estos fotones. Estas uniones consisten en un bocadillo en el que los panes son de materiales superconductores y la parte del jamón la ocupa un material no superconductor (un metal normal). Beck calcula que los fotones de origen axiónico podrían producir una señal muy pequeña, pero medible.

Beck va un paso más allá. Asegura que una señal anómala registrada en 2004 [2] en Grenoble encaja con la descripción de un axión pasando por una unión de Josephson.

Esta podría ser una de las primeras pruebas incriminatorias buscadas. En cualquier caso hacen falta muchos más experimentos, por no mencionar la comprobación de los datos de Beck por otros investigadores. Pero parece que merece la pena que enviemos a los chicos de criminalística a comprobarlo.

Referencias:

[1] Beck C. (2013). Possible Resonance Effect of Axionic Dark Matter in Josephson Junctions, Physical Review Letters, 111 (23) DOI:

[2] Hoffmann C., Lefloch F., Sanquer M. & Pannetier B. (2004). Mesoscopic transition in the shot noise of diffusive superconductor–normal-metal–superconductor junctions, Physical Review B, 70 (18) DOI:

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Parece que es una idea consolidada en el imaginario colectivo que los genes determinan nuestro futuro y que, si acaso, nuestras experiencias, el ambiente, pueden modificar algo este fatalismo. Esto ya no es tan sencillo. Nuestros descendientes pueden heredar algunas de nuestras experiencias más traumáticas (la mayor probabilidad de cáncer por fumar nosotros, por ejemplo). Y cómo alimentamos a nuestros hijos puede tener más efectos de lo que pensamos. Ahora dos estudios realizados con ratones, publicados ambos en Nature Neuroscience, ponen de manifiesto una vez más la importancia de los efectos ambientales, del pasado de nuestros padres y de cómo nos alimentaron: hablamos de epigenética, alimentación, fobias y capacidad de aprendizaje.

Los miedos aprendidos se heredan

En el primer estudio[1][2], Brian Dias y Kerry Ressler, de la Universidad Emory (EE.UU.), encontraron que los ratones a los que se les enseñaba a temer un cierto olor pasaban ese miedo a su descendencia. La investigación posterior puso de manifiesto que el miedo lo pasaba el padre a descendencia a través del esperma (no estamos hablando de “cultura”).

En el famoso experimento de Pavlov un perro salivaba al oír una campana porque asociaba el sonido con comida. En este caso los ratones sujetos del experimento aprendieron a relacionar una pequeña descarga eléctrica en la pata (algo muy desagradable) con el olor de una determinada flor, respondiendo con señales inequívocas de miedo son sólo percibir el olor de esa flor. La descendencia de estos ratones engendrada posteriormente al condicionamiento de los padres también mostraba señales de miedo al oler la flor. No sólo eso, los nietos de los ratones sometidos al condicionamiento, también mostraban miedo al olor de la flor.

El análisis detallado del ADN de los padres mostró que éste no había cambiado sustancialmente, tan sólo los marcadores relacionados con la memoria.

Este estudio abre la puerta a una posible explicación de las fobias en los mamíferos, incluidos los humanos. Si una persona (de momento, un varón) tiene una experiencia especialmente desagradable con una serpiente, por ejemplo, sin que él haga nada ni sea consciente de ello, se cambie de país a uno donde no haya serpientes, y allí engendre un hijo al que ni siquiera pueda conocer porque lo atropelle un autobús cuando la madre estaba de semanas, el cambio experimentado en sus genes podría hacer que este hijo naciese con un miedo cerval a las serpientes.

La sorprendente relación inversa entre sistema inmune y capacidad cognitiva

En el segundo estudio[3][4], el equipo encabezado por Bingfang Liu, de la Universidad Cornell (EE.UU.), encontró que los ratones que carecían de una proteína concreta en la leche materna producía descendencia que tenía muchísima más capacidad para aprender nuevas cosas y recordarlas.

La proteína en cuestión se llama factor de necrosis tumoral (FNT). Cuando no está presente en las hembras de ratón, la leche que estas hembras suministran a las crías hace que éstas desarrollen una estructura encefálica llamada hipocampo más grande de lo normal. Debido a esto las crías son mejores encontrando la salida a un laberinto (o encontrando comida en él) y recordando después cómo lo han hecho. Decimos a “las” crías y no “sus” crías, porque el efecto estaba presente cuando las hembras sin FNT alimentaban a crías que no eran suyas, por eso se sabe que es la leche y no un factor genético.

Siendo esto interesante, lo es aún más la relación inversa que establece entre sistema inmune y capacidad cognitiva. El FNT está presente en los mamíferos como parte del sistema inmune; es una citocina que dispara lo que se llama reacción de fase aguda, la liberación de una serie de proteínas que intervienen en los procesos inflamatorios como parte de la respuesta del sistema inmune. Los investigadores muestran su incapacidad para explicar en estos momentos por qué motivo, ni siquiera cómo, podría ser evolutivamente interesante tener mayor capacidad cognitiva a expensas de un sistema inmune potente.

Viendo estos dos estudios en conjunto lo único que están claras son dos cosas. Primero es que tenemos muchísimo que aprender sobre cómo se desarrolla la memoria y cómo funciona. Y lo segundo es que cómo vivimos nosotros y cómo alimentamos y tratamos a nuestro hijos, tiene mucha más transcendencia de lo que solíamos pensar en el futuro de nuestra descendencia.

Referencias:

[1] Dias B.G. & Ressler K.J. (2013). Parental olfactory experience influences behavior and neural structure in subsequent generations, Nature Neuroscience, DOI:

[2] Callaway E. (2013). Fearful memories haunt mouse descendants, Nature, DOI:

[3] Liu B., Zupan B., Laird E., Klein S., Gleason G., Bozinoski M., Gal Toth J. & Toth M. (2013). Maternal hematopoietic TNF, via milk chemokines, programs hippocampal development and memory, Nature Neuroscience, DOI:

[4] Yong, E (2013) Breast Milk Programs Memory Skills, The Scientist

Esta anotación es una participación de Experientia docet en la XXVII Edición del Carnaval de la Biología que acoge La aventura de la ciencia.